por camilo vaca  (cow)
Llevo más de diez años trabajando con imágenes, y si algo he visto en este tiempo es que la imagen cambió de lugar. Las redes no solo cambiaron la forma en la que mostramos las cosas; cambiaron también la forma en la que las pensamos, las producimos y las consumimos. La imagen dejó de vivir principalmente como pieza y empezó a vivir como flujo. Empezó a medirse más por su capacidad de circular que por su capacidad de permanecer. Y cuando además gran parte del consumo visual pasó a darse en redes y en el celular, la lógica cambió todavía más: todo se volvió más inmediato, más rápido, más frecuente y más condicionado por el ritmo de las plataformas.
Durante muchos años, la frontera de la imagen estuvo empujada por la mejora técnica. Más definición, mejor color, más rango dinámico, mejores sensores, mejores ópticas. Pero llegó un punto en el que parecía que ya no había mucho más hacia dónde avanzar en términos de calidad visible para la mayoría de las personas. La imagen ya era demasiado buena. Los celulares empezaron a acercarse cada vez más a resultados que antes parecían exclusivos de cámaras costosas, y para gran parte del contenido que vive en redes, en campañas cotidianas y en pantallas pequeñas, esa diferencia dejó de sentirse decisiva. La carrera dejó de ser solamente por calidad y empezó a ser, cada vez más, por cantidad: más piezas, más versiones, más frecuencia, más rapidez.
En ese recorrido pasamos de hacer imágenes a hacer contenido. Y ese cambio alteró profundamente el oficio. Antes una pieza podía pensarse para durar, para dejar huella, para tener peso propio. Después empezó a pensarse cada vez más para salir rápido, responder al momento, adaptarse al formato y rendir dentro del ritmo de una plataforma. La obra dejó de ser el centro; el flujo empezó a serlo. Lo importante ya no era solo hacer algo bueno, sino hacer algo que pudiera circular, funcionar y repetirse.
Y con eso cambió también la cultura visual. Antes muchos referentes venían de artistas, pintores, fotógrafos con recorrido, directores, obras grandes, imágenes que se quedaban en la cabeza durante años. Después, una gran parte de los referentes empezó a venir de otro lugar: creadores de contenido que sabían captar atención, conseguir views y dominar el lenguaje de las plataformas. No hay que romantizar el pasado ni despreciar el presente para ver que ahí cambió algo importante. El sistema empezó a premiar sobre todo lo inmediato: lo que sirve para ya, lo que retiene unos segundos, lo que se replica rápido. La imagen se volvió más efímera. Más útil para el presente inmediato, pero muchas veces menos memorable. Y cuando todo empieza a medirse por velocidad, la tentación de repetir lo que ya funcionó se vuelve enorme.
Ahí apareció una sensación que me marcó mucho: la homogenización. Los mismos encuadres, los mismos ritmos, los mismos colores, los mismos hooks, los mismos estilos de edición, las mismas referencias recicladas una y otra vez. La copia de la copia. La creatividad seguía existiendo, claro, pero cada vez más apretada por la lógica del rendimiento y de la repetición. Todo empezaba a parecerse demasiado.
Ahí fue donde apareció una crisis creativa en mí.
No porque hubiera dejado de amar la imagen, sino precisamente porque la amaba. Lo que más me ha gustado siempre no ha sido solamente producir una pieza o tomar una foto. Lo que más me ha gustado es crear. Ver algo primero en la mente, sentirlo en la imaginación, desarrollarlo y después verlo existir. Volver visible algo que antes no estaba. Para mí, eso siempre fue lo más poderoso de la imagen: su capacidad de volver real una visión interna.
Cuando sentí que el mercado me estaba empujando cada vez más a resolver sin explorar, a producir sin descubrir y a repetir más de la cuenta, necesité moverme hacia otro lado. Volví a lo analógico. Volví a una Pentax de film. Volví a una cámara VHS Sony. Volví al grano, al error, a la textura, a la espera, al accidente. Necesitaba recordar por qué me había enamorado de esto. Y aunque ese regreso no era una solución de mercado, sí fue una forma de tocar otra vez el corazón del oficio. Hoy sigo usando esas herramientas, pero ya no como escape. Las uso como una forma más personal de expresión, como una manera de amar lo que hago y de mantener vivo un vínculo más íntimo con mi camino.
Con el tiempo entendí que el reto no era pelear contra el cambio, sino encontrar una nueva manera de crear dentro de él. Y ahí fue donde la generación de imagen con IA empezó a abrirme una puerta real.
No fue inmediata. Al principio fue torpe, desordenada, inconsistente. Pero detrás de esa imperfección ya se alcanzaba a ver algo que para mí era enorme: por primera vez en mucho tiempo, volvía a sentir que podía imaginar algo y llevarlo a una primera forma visible con una velocidad completamente nueva. Ya no se trataba solo de ejecutar una producción. Se trataba de bajar una señal. De traer a la realidad una idea que estaba en la mente. De ver un mundo, un personaje, una atmósfera o una escena, y empezar a construirla casi en tiempo real.
Ahí me sumergí de verdad.
Empecé a probar herramientas de generación de imagen, video, edición, referencia y control. Midjourney fue parte importante de ese proceso por cómo ha desarrollado funciones de personalización y moodboards para acercar los resultados a una visión más propia y menos genérica. Runway fue otra pieza importante, sobre todo por cómo ha trabajado la consistencia visual y la continuidad entre escenas. Pero más allá de una herramienta específica, lo que me atrapó fue otra cosa: la aparición de un nuevo campo creativo. Un lugar donde ya no era solamente fotógrafo o productor, sino también arquitecto de imagen. Alguien que puede imaginar, diseñar, iterar, dirigir y construir mundos visuales con una agilidad que antes no existía.
Y eso fue profundamente personal.
Porque volví a sentir algo que había extrañado mucho: el placer de ver nacer ideas. Volví a darle vida a mundos que había inventado antes. A personajes que estaban quietos en mi cabeza. A imágenes que antes eran solo intuición. Volví a sentirme fuerte en lo que siempre he sentido más mío: crear, imaginar y encontrar la manera de hacer real lo que pienso.
Hoy eso es parte central de mi trabajo. Ya no me interesa solamente ejecutar una imagen. Me interesa diseñarla, probarla, iterarla y acercarla cada vez más a una visión. Me interesa construir una primera versión rápido, sí, pero no para quedarme ahí: para poder afinar, decidir mejor y llevar la idea más lejos. En esta etapa, el valor ya no está solo en producir. Está en tener criterio. En saber ver. En sostener una estética. En convertir una intuición en lenguaje visual.
Por eso conecto tanto con algo que Rick Rubin dijo sobre su trabajo: que su aporte no viene de una habilidad técnica específica, sino de la confianza en su gusto y en su capacidad de expresar lo que siente. Esa idea me resuena profundamente. Porque cuando las herramientas se vuelven más accesibles y más potentes, el diferencial vuelve a moverse hacia un lugar muy humano: el gusto, la intuición, la sensibilidad y la decisión.
Por eso creo que se viene una nueva era de la imagen.
No una era donde todo será artificial.
No una era donde la técnica desaparece.
No una era donde cualquier cosa vale.
Creo que se viene una etapa donde la imagen se consolida todavía más como una de las formas de comunicación más completas que existen. Una etapa donde crear no será solo producir piezas, sino construir lenguajes visuales. Donde el creador podrá ser director, diseñador, generador, editor, estratega y arquitecto al mismo tiempo. Donde la imaginación volverá a tener un peso central, no como lujo romántico, sino como ventaja real.
Ahí es donde siento que estoy entrando hoy.
Estoy diseñando nuevas metodologías. Estoy mezclando producción rápida con dirección visual, generación con criterio, velocidad con búsqueda estética. Estoy aprendiendo a trabajar con más control, más iteración y más libertad. Estoy viendo cómo desde un computador se pueden construir ideas para marcas, proyectos y clientes en distintos lugares del mundo, siempre que haya una visión clara detrás. Y también estoy recordando algo esencial: crear sigue siendo una de las formas más profundas de sentirse vivo.
Se viene una nueva etapa para Cowpro. Y, en el fondo, Cowpro siempre ha sido prueba de lo mismo: curiosidad insaciable, amor por la imagen, deseo de aprender y obsesión por encontrar nuevas formas de crear.
Eso es lo que quiero seguir haciendo.
Seguir creando.
Seguir imaginando.
Seguir trayendo ideas al mundo.

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